martes, 8 de diciembre de 2015

Los amigos de nuestros hijos. La vida vida social de unos niños que "mañana" llegarán a adolescentes

Siempre los mismos niños. Siempre los mismos compañeros. Y siempre -cada uno de ellos- desempeñando el mismo rol. El “líder”, siendo líder. Y el “tímido”, siendo tímido. El “listo”, siendo listo. Y el “torpón”, siendo torpón. Y el “precoz”, siendo precoz. Y el “mosqueón”, siendo mosqueón. Y el “payaso”, siendo payaso. Y el “infantil”, siendo infantil. Y el “maduro”, siendo maduro. Y el “mandón”, siendo mandón. Y el "despistado", siendo despistado...



Desde pequeños, a veces desde los tres años, otras desde los seis, juntos en la misma aula. Y también en las mismas actividades extraescolares. Y también en los mismos cumpleaños. Y también durante el fin de semana en casa de los mismos compañeros con los que escolarmente se convivió de lunes a viernes... En ocasiones, un niño escolarmente “atascado”, incluso madurativamente “desorientado”, sólo necesita que...



... le llegue una bocanada de “aire nuevo”, es decir, que los adultos le abran algún “nuevo horizonte” en su vida social, que le brinden la oportunidad de seguir aprendiendo a ser él  -esto es, a descubrir aptitudes personales hasta entonces desconocidas y a rebasar límites de su incipiente carácter que creía inamovibles- en contacto con nuevos amigos a los que añadir a la lista de los que ya son, pero en otros contextos de relación y a propósito de otras actividades. Las situaciones sociales educativamente se “agotan”, incluso se “vician”.

No descubro ningún “mediterráneo” al recordar que la vida social de un niño es un factor muy importante en la constitución y en el desarrollo de su naciente personalidad. Por ejemplo, pensaba M. Buber, que el niño aprende a decir “yo” solo después de haber oído “tú” de labios de otros. Y L. Vigotsky, que el  “yo” del niño es “producto” del “nosotros”. Y E. Fromm, que la persona desde su infancia es más que nada el “nudo” de sus relaciones… Las repercusiones educativas de  tan hondas opiniones son muchas y muy valiosas.

A los padres nos hacen falta criterios claros y fiables para manejar -de la mejor manera educativa posible- la vida social de nuestros hijos... Una vida social que, desde hace algún tiempo, en algunos aspectos parece un tanto desmesurada y puede que educativamente desenfocada. No es ésta una cuestión que principalmente se resuelva organizándoles "grandes" fiestas de cumpleaños ni eventos similares.

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Los consejos que los expertos financieros dan a sus clientes para el rentable manejo de sus inversiones suelen ser dos: la diversificación de la cartera y la gestión activa de la misma.

Primero, diversificación significa no poner todos los “huevos” en la misma “cesta”. Así se minimiza el riesgo de pérdidas. Por ejemplo, una parte del dinero se coloca en renta fija y otra en renta variable; una en mercados europeos y otra en mercados estadounidenses; una en bonos corporativos y otra en soberanos; una parte en euros, otra en dólares…

Segundo, gestión activa de la cartera significa estar muy atento a los cambios de coyuntura de los mercados, incluso saber anticiparse a ellos, teniendo acceso a esos índices más tempraneros que adelantan el provenir de futuros cambios de escenarios. En una economía global, en la que hay tanta y tan instantánea correlación entre las economías regionales y sectoriales, un “estornudo” en China provoca una “neumonía” en el comercio mundial de las materias primas; y una resolución de la FED estadounidense sobre el precio del dinero tiene inevitables repercusiones en los bancos de centrales de las otras regiones del mundo… En definitiva, lo que era bueno antes del verano quizás ya no lo sea en otoño. No vale invertir y echarse a dormir.

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Pero regresemos a los niños, a nuestros hijos, a su vida social, ahora que todavía son niños. Salvadas las distancias, lo dicho de los fondos de inversión tiene su sensato traslado educativo. Ni es prudente poner todos los “huevos” de la socialización de nuestros hijos en la misma “cesta”. Ni tampoco lo es, una vez que éstos nos parece que están satisfactoriamente socializados, echarnos a dormir, dejándonos llevar de la "confianza" y de la sensación de que todo lo que por el momento había que hacer ya está hecho, y además bien hecho.


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Primero, diversificación. Es muy recomendable que los niños no fragüen su personalidad en “dialéctica” solo, y siempre, con el mismo, y único, grupo de niños.

Obviamente, que nuestros hijos tengan -fuera del ámbito doméstico y más íntimamente familiar- un “nido” social de iguales que, transcurrido el tiempo pueda evolucionar hacia un maduro ámbito de “perdurable amistad”, es algo bueno. Muy bueno. Nadie, al menos yo, lo cuestiona.

No obstante, también es bueno, muy bueno, que nuestros hijos, mientras andan en edad de trazar el primer esbozo de su carácter (infancia, niñez, preadolescencia) no crezcan fuera de casa en un solo escenario social, y no tenga un reducido (exclusivo y excluyente) espectro de relaciones personales, porque esta carestía puede que les lleve (el caso no es infrecuente) a crearse, y creerse, equívocos en su autoconcepto y en su autoestima. Me explico.

El niño que es líder en un determinado grupo -por ejemplo el escolar- no tiene porqué serlo (al menos tan fácilmente) en otro grupo distinto, de otra naturaleza, en el que hay otros niños con igual o más capacidad de influencia... Y lo mismo le puede ocurrir al niño “timorato” y al “infantilón” y al “mandón” y al...

Ni es bueno ser niño creyéndose siempre, e infaliblemente, el “mejor”, ni lo es creyéndose siempre, e infaliblemente, el “peor”. Lo primero puede conducir a personalidades frágiles por sobrestimación, y lo segundo a personalidades frágiles por subestimación. Quien así crece, no es extraño que, más tarde, al tener que integrarse en nuevos grupos y actuar en nuevos escenarios sociales, se sienta como desprotegido e incluso como sumido en una especie de crisis de identidad… Hablamos de cambios de clase en el mismo colegio, o incluso de colegio, o de ciudad o de país…

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Los clásicos decían agere sequitur esse. Que significa, el hacer es consecuencia del ser. Esto es, te comportas como lo que eres. Porque eres así, actúas de esta determinada manera. Tu conducta es la expresión de tu identidad. Modernamente, la psicología social nos ha enseñado a volver ese aforismo del revés. Esse sequitur agere. Que significa, el ser es consecuencia del hacer. Esto es, acabas siendo como te comportas. Porque actúas así, así terminarás siendo. Tu identidad es el "sedimento" de tu comportamiento.

Quien trata con niños -en realidad, todo aquel que goce de alguna intimidad con el “alma” humana- sabe que su comportamiento está muy condicionado por el medio social en el que se encuentran. La conducta de un niño -su forma de ser- no es ajena a esa misteriosa “química” interrelacional que los caracteres personales causan entre sí.

Quien trata con niños también sabe hasta qué punto -¡con cuánta facilidad!- ellos acaban interiorizando su comportamiento. Y hasta qué punto éste “sedimenta” en forma de ser, en rasgo de identidad personal.

Hablando de niños, del refrán a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija, se pueden hacer varias lecturas, casi todas educativamente muy cabales. La que se desprende, a propósito de cuanto vengo diciendo, podría articularse en estos términos. Si el medio social tanto incide en el comportamiento de un niño, y si el comportamiento de un niño tanto incide en la fragua de su incipiente personalidad… La conclusión es...

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Segundo, gestión activa. Hasta cierto punto, los padres somos “ingenieros” de la vida de nuestros hijos. Es verdad, sólo hasta cierto punto. Más allá de ese determinado umbral sus vidas se nos vuelven indisponibles. Según crecen, los hijos dejan de ser, al menos eso debieran, los “sujetos pacientes” de nuestros proyectos sobre ellos y empiezan a ser los “sujetos agentes” de sus propios proyectos, los que ellos enjaretan. Por eso, quede insinuado el apunte, lo más importante no es la “sublimidad” de nuestros “sueños” como padres, sino nuestro artesanal cultivo de los “apetitos” y de los “gustos” que inspirarán las aspiraciones en función de las cuales nuestros hijos “soñarán” (ansiarán) su futuro.

Pero, hasta tropezar de bruces con estos límites, a los padres nos queda un margen de libertad, que hemos de aprender a aprovechar inteligentemente, al máximo de nuestras posibilidades. Así, por ejemplo, solemos ser concienzudos a la hora de elegir la educación que queremos para ellos. Lo cual implica la opción por un colegio cuyo Ideario coincida con el “ideario” de nuestra familia. Y también la selección y el diseño de una sopesada vida social para nuestros hijos.

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Para evitar que un niño adquiera falsas e inconvenientes creencias acerca de él mismo, de sus capacidades y de sus limitaciones, lo mejor quizás sea que padres y educadores lo echemos a “funcionar” en grupos de iguales distintos, en los que se esperen de él comportamientos, actitudes y aptitudes diferentes; en escenarios sociales diversos en los que la misteriosa “química” interrelacional que los caracteres personales causan entre sí, no resulte siempre de la atosigante combinación de los mismos “elementos” de la “tabla social”, de modo que ningún otro compañero, dada su omnipresencia, llegue a ser percibido por el niño (y por sus padres y sus educadores) como una involuntaria “amenaza”, sino siempre como una “oportunidad” más de aprender a ser y de quebrar falsas creencias sobre sí mismo y sus posibilidades.

Una vida social poco “diversificada” y apenas activamente gestionada por sus padres -eso que yo llamo el “monismo social”: siempre los mismos niños, siempre los mismos compañeros y siempre cada uno de ellos desempeñando el mismo e invariable rol…- puede inducir a nuestros hijos: a confundir una parte de sí mismos con el todo de sus todavía eclosionantes personalidades; a estar convencidos de que ellos son “así”, sencillamente porque “así” es como únicamente saben ser en el único escenario social en el que habitualmente se desenvuelven; a abocarlos desde pequeños a ser lo que de veras no son y no tienen por qué llegar a ser, o al revés, a no ser lo que de veras son y no tienen por qué no llegar a ser.

En épocas de la vida -aquí me restrinjo a la infancia y la niñez- en las que la identidad de nuestros hijos está en plena irrupción, “forzarlos” a estar siempre, y solo, con los mismos niños, quizás sea un error de “diseño” en la tan complicada “labor ingenieril” que es su educación.

Los padres hacemos bien cuando propiciamos a nuestros hijos, incluso contra el pronto de su voluntad, que practiquen la “gimnasia” psicosocial y psicoafectiva que supone tener que simultanear contextos sociales diversos. Probablemente, el día de mañana sean asertivos y escasamente tímidos, capaces de mantenerse en sus propios criterios a la vez que tolerantes con los de los otros, poco vulnerables a la maledicente crítica de la gente pero con suficiente sentido autocrítico...


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Padres, es errónea la idea de que de la vida social de los hijos no hay que ocuparse hasta que no les llega la adolescencia. Hacerlo entonces -sin haberlo hecho antes- puede sernos especialmente costoso.

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