martes, 16 de diciembre de 2014

El éxito escolar de los alumnos y los buenos "apetitos" de su voluntad. La recta pleonexía.



Un lunes nueve de enero a las nueve de la mañana... ¡qué lejos quedan para los alumnos los últimos días del mes de diciembre, con todo lo que estos les dejaron antes de que se marcharan de vacaciones de Navidad: las calificaciones de la Primera Evaluación, los ensayos de villancicos, el almuerzo  solidario, el concierto de Navidad...

Sí, aquellos días del mes de diciembre quedan muy lejos. Y más aún si las familias quisieron que durante las fiestas prescribieran algunas de las rutinas y de los hábitos que suelen regir el día a día de sus hijos en el periodo escolar, y propiciarles así la entrada, una vez más, en ese tiempo fuera del tiempo en el que los recuerdos -en el mejor de los caso- nunca envejecen y -en el peor- pasan a engrosar el olvido, en concreto, ese tipo de olvido que, decía Borges, es la forma más secreta de la memoria.


En efecto, un lunes nueve de enero a las nueve de la mañana los alumnos habrán de hacer un gran esfuerzo para recordar justo por dónde iba el curso hace tres semanas o quizás "tres meses": para ellos, quizás "tres años" o "tres siglos"... Todo depende de la maravillosa manera de percibir a esta edad la relatividad del paso del tiempo.


Lo normal es que la mayoría de los alumnos en enero todavía no haya dado de sí lo mejor. Por eso, al encarar la segunda y definitiva parte del curso, es prudente y recomendable que padres y profesores esperemos más de ellos, y que además, para ayudarlos en la tarea, nos interroguemos ¿en qué debemos centrar, más que en nada, la atención? ¿qué es, entre lo importante, lo más importante de todo?



Por un lado, Prometeo. Quiso y pudo. Primero planeó y luego logró sustraer a Apolo el fuego sagrado de los dioses, para remediar con el ingenio de la técnica la imprevisión -de dramáticas consecuencias- perpetrado por su hermano Epimeteo, quien en el reparto a los seres vivos de las cualidades con las que salir adelante en la vida, dejó al hombre muy desprovisto y mal parado.


Por otro lado, Sísifo. Quiso y no pudo. Le fue imposible aupar la gigantesca piedra que fatalmente cargaba sobre los hombros hasta la cima de la escarpada ladera en la que los mismos dioses que le habían dado el don de la inmortalidad -no sufrir el descanso de los muertos- lo habían castigado a no gozar jamás del descanso de los vivos.



A este desnivel, entre lo que el hombre quiere y lo que de veras puede, representado por las figuras de Prometeo y de Sísifo, el filósofo Günther Anders lo dió en llamar "desnivel prometeico".


En educación, a quien acepta el subversivo dicho de Blondel -la voluntad queriente siempre es mayor que el objeto querido: es decir, nunca estamos del todo satisfecho con los que somos: siempre estamos en disposición de ir a más y de ser mejores-, le resultará muy difícil admitir que a un alumno no le quede margen posible de mejora.


Escolarmente, de lo más grave que en estos cursos le puede suceder a un alumno es que su voluntad esté “creciendo” desaviada de hambre de lo mejor, de afán de superación, de empeño utópico, de inteligencia creadora… En suma, que esté “creciendo” desprovista de todo eso que el día de mañana, más que el día de hoy, le hará falta para ingeniar lo que todavía no existe y, sin embargo, podría y sería bueno que existiera. A esto ahora lo llamamos capacidad de innovar.


Es conveniente crecer desde pequeño con una dosis justa -¡es tan delicado averiguar la posología adecuada a cada alumno!- de insatisfacción; solo con la medida precisa, ni más ni menos, para que se sienta estimulado, provocado y retado en su abrirse a la vida, pero no socavado, eso nunca, por el fantasma de la ansiedad y de la inseguridad que el perfeccionismo y la frustración, tan sibilina y quedamente, suelen producir.



Una de las claves, en especial a estas edades, para conseguir que el alumno asuma el protagonismo -imposible de transferir a nadie, ni siquiera a sus padres y educadores- de su propio proceso de aprendizaje, no radica tanto en ser espartanamente exigentes con él, cuanto en nutrir su voluntad inteligente y provechosamente, para que sea el mismo alumno el que -instado por el vigor de su voluntad, una voluntad artesanalmente fecundada por sus padres y educadores de intensos apetitos de bondad, de verdad y de belleza- aspire a su personal excelencia, cada uno a la suya, que en ningún caso consiste en la “diabólica” ambición de querer ser el más "bueno", el más "listo", el más "guapo" de la clase, sino en la “divina” ambición de querer ser la mejor versión posible de sí.


El cultivo de la voluntad, tan temprana y hondamente arraigada en el arcano mundo emocional del alumno, quizás sea la mejor pedagogía para lograr la mayor mengua posible de ese "desnivel prometeico", que decía Günther Anders, hay entre lo que uno quiere y lo que uno, de veras, puede.


Ciertamente, el alumno tiene límites. No en vano, el descubrimiento y la aceptación de estos representa para él otro importante aprendizaje. Mas es cierto también que el alumno tiene una incuantificable capacidad de aprender, de ser más y mejor, a la cual no se le debe imponer límite postizo alguno, y menos el de la famélica voluntad de uno mismo.


Entregados los informes de la Primera Evaluación, los padres de los alumnos hemos de saber que lo más acertado en estos cursos quizás no sea tomarlos solo como un "acta notarial" de los conocimientos que nuestros hijos adquirieron en los tres primeros meses del curso, sino sobre todo como un indicador que nos ayude a discernir algo tan decisivo como es: si su voluntad, todavía tierna, tiene más de "empeño conformista" o más de "apetito de lo mejor".


En los días previos a las vacaciones de Navidad, vi a los alumnos traer los gruesos y llamativos catálogos de juguetes expresamente editados en esas fechas por los centros comerciales. También los oí hablar con frenesí en los recreos y en los cambios de clase del sinfín de regalos que esperaban recibir.


El lunes nueve de enero a las nueve de las mañana observaré que en muchos casos la generosidad de los Reyes Magos habrá superado sus expectativas, que por lo general no eran precisamente "modestas".



Desde que su "mundo" es la así llamada sociedad de consumo, el hombre ha dejado de ser el "animal indigente" (animalia indigentia) que el olvidadizo Epimeteo le forzó a ser. En efecto, se da ahora la desconcertante paradoja, muy al pesar de la insaciable sociedad de consumo, de que el hombre es “demasiado rico”.


Me explico. Es tan (vergonzosamente) “poco” lo que el hombre puede llegar a necesitar en comparación con lo que le instan a tener, que la sociedad de consumo se ha puesto expertamente manos a la obra, procurando que todos, desde pequeños, también nuestros hijos, incurran en estado de pleonexía: esto es, de “excitación” del apetito. 



Pero no de un apetito ávido de lo que antes indiqué que es el mejor antídoto contra el "desnivel prometeico”: un deseo ávido de verdad, de bondad y de belleza; un deseo anhelante de lo mejor, aviado de afán de superación, provisto de empeño utópico, dotado de inteligencia creadora...

Sino más bien lo contario, la “excitación” de un deseo que es inducido a querer nutrirse -hasta el empacho- de tantas cosas que uno, llegado el caso, no sabe cuál preferir; y que, para colmo, aún siendo tantas, ellas solas, sin nada de lo que ser su vistosa guarnición, calman el apetito provisoriamente, pero raramente alimentan.


En no poca medida, uno de los secretos de la educación está en el "subsuelo", en el entramado de donde nace la voluntad del alumno, en la urdimbre en donde se hilan las ansias que harán tender (en el sentido husserliano) su voluntad hacia una u otra clase de pleonexía: hacia la que humaniza o hacia la que deshumaniza.


Dicho todo esto con palabras de nuestro Ideario: se trata de crearles aficiones, de suscitarles gustos… Entonces, cuando la voluntad ha sido así de artesanalmente labrada, la formación, aun requiriendo no poca autoexigencia, no será una pesada losa que cae sobre el alumno y lo oprime.

La clave, pues, se encuentra en una voluntad "afectada" de pleonexía, pero de la que hace aspirar a la verdad, la belleza y la bondad. Lo demás, ahora que son pequeños y luego que serán mayores, caerá por sí solo.



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